Didi siempre lleva una pequeña tirita en la mejilla. La gente le pregunta todo el tiempo "¿Por qué no te la quitas?", pero Didi solo sonríe y sigue de largo.
Durante un paseo con brisa suave, Didi se pone a recordar cuando era muy pequeña — aquel día que se cayó y lloró con todas sus fuerzas, y las manos cálidas que sostuvieron sus mejillas.
Camina despacito junto a Didi y descubre la verdadera razón por la que nunca se quita esa tirita.
Un día con brisa perfecta para salir a pasear
Después de un almuerzo riquísimo, salí a dar una vuelta cerca de casa.
Hoy, mientras camino, quiero contarte algo sobre mí — sobre Didi.
No es gran cosa… pero hoy me apetece decirlo.
Comí demasiado en el almuerzo. Jeje, es que cuando Halme cocina, soy incapaz de parar.
Así que salí a hacer la digestión. Si no, me da sueño enseguida.
Ni frío ni calor — solo esa brisa que te hace cosquillas en la nariz.
Con un día así, las ganas de dar pasos grandes y enérgicos me salen solas.
Pum, pum, pum.
"¿Por qué llevas siempre esa tirita en la mejilla?"
Iba por un camino de adoquines cuando el señor de la tienda de la esquina vino hacia mí y se detuvo.
"Niña, la semana pasada también la llevabas… ¿por qué no te quitas la tirita de la mejilla?"
…Esa pregunta. La escucho todo el tiempo. De verdad, casi cada día.
Paseando, en el supermercado, a veces incluso en el ascensor. Jaja.
Cada vez les respondo "Es mi estilo~" y sigo andando tan tranquila.
Pero ¿sabes qué? Hoy, mientras caminaba, no paraba de pensar en recuerdos de antes.
¿Por qué no me la quito? ¿De verdad es solo por el estilo?
Mmm… en parte sí. Pero espera. Mis pasos se están haciendo más lentos.
Cuando los pensamientos llegan, mis pasos se hacen lentos
Tengo la costumbre de caminar más lento en cuanto empiezo a pensar en algo.
Fui avanzando poco a poco y toqué suavemente la tirita de mi mejilla con los dedos.
Y entonces lo recordé. Fue aquella vez.
Cuando era muy, muy pequeña. Mucho más pequeña que ahora.
El día que tropecé con una piedra y lloré a mares
Me enganché el pie con una piedra y caí de golpe. ¡¡Ay!!
Me rasqué la rodilla. Me rasqué la mejilla. Lloré y lloré — a pleno pulmón.
Y entonces unas manos cálidas se acercaron a mí.
Sostuvieron mis mejillas, soplaron suavecito — fuu, fuu — y me pusieron una tirita justo aquí.











